Pilato, á quien acaso impresionó la actitud digna y tranquila del acusado, deseaba, pues, salvar á Jesús, el cual, si hemos de dar crédito á una tradicion[1062], encontró tambien apoyo en la propia mujer del procurador. Quizás ésta habia visto al dulce galileo desde alguna de las ventanas del pretorio que dominaban el pórtico del templo, y ¡quién sabe si el espectáculo de la sangre de aquel hermoso jóven, sangre inocente que iba á derramarse, le produjo alguna terrible pesadilla! Sea como quiera, lo cierto es que Jesús encontró á Pilato prevenido en su favor. El gobernador le interrogó bondadosamente, demostrando el deseo de recurrir á cuantos medios le fuesen posibles á fin de absolverle.

El título de «rey de los judíos», que Jesús nunca se habia dado, pero que sus enemigos dedujeron de su papel y de sus pretensiones, era naturalmente el que más inquietudes debia causar á la autoridad romana. Así, pues, se tuvo especial cuidado de acusarle en este sentido, presentándole á los ojos del procurador como sedicioso y culpable de crímen de estado. Y no obstante, nada era más injusto, puesto que Jesús habia siempre reconocido la autoridad civil del imperio romano. Pero sabido es que los partidos religiosos conservadores no tienen costumbre de retroceder ante ninguna calumnia. Deducian á pesar suyo todas las consecuencias de su doctrina, trasformábanle en discípulo de Júdas el Gaulonita, y pretendian que vedaba pagar el tributo á César[1063]. Pilato le preguntó si era efectivamente rey de los judíos[1064], y Jesús respondió sin ocultarle su pensamiento. Pero el gran equívoco que habia sido el orígen de su fuerza, y que debia constituir su reino despues de su muerte, le perdió entónces. Jesús, el idealista que no distinguia el espíritu de la materia, y cuya palabra, segun la imágen del Apocalípsis, era una espada de dos filos, no supo nunca tranquilizar completamente á las potencias de la tierra. Juan afirma que Jesús confesó ante Pilato su dignidad real, pero que al mismo tiempo añadió esta profunda frase: «Mi reino no es de este mundo.» Y que despues explicó la naturaleza de su reino, el cual se resumia completamente en la posesion y en la proclamacion de la verdad. Pilato no comprendió una palabra de ese idealismo sublime[1065], y sin duda Jesús le produjo el efecto de un soñador inofensivo. Los romanos de aquella época, merced á su carencia de filosofía y de proselitismo religioso, consideraban como una quimera el sacrificio por la verdad. Semejantes debates les parecian fastidiosos y vacíos de sentido, y no viendo el peligro que de esas nuevas especulaciones pudiera resultar al imperio, natural era que no hallasen motivo ninguno para emplear contra ellas la violencia. Todo su descontento recaia, pues, sobre los que, por vanas sutilezas, iban á pedirles el suplicio de algun innovador. Veinte años más tarde, Gallion se conducia todavía con los judíos de la misma manera[1066]. La regla de conducta que siguieron los romanos hasta la ruina de Jerusalen fué siempre la más absoluta indiferencia respecto á esas querellas de sectarios[1067].

Para conciliar sus propios sentimientos con las exigencias de aquel pueblo fanático, cuya presion habia sufrido tantas veces, un medio plausible se presentó á la mente del gobernador. Con motivo de la fiesta de la Pascua, era costumbre dar libertad á un criminal. Conociendo Pilato que la prision de Jesús era debida al ódio y á la envidia de los sacerdotes[1068], intentó hacerle participar del beneficio de aquella costumbre. Al efecto, subió de nuevo al bima y propuso á la muchedumbre libertar «al rey de los judíos.» Hecha en tales términos, la proposicion tenía cierto carácter de amplitud y de ironía, propio á favorecer su intento. Los sacerdotes conocieron el peligro. En consecuencia obraron prontamente[1069], y á fin de combatirla, sugirieron á la muchedumbre el nombre de un preso que gozaba en Jerusalen de gran popularidad. Por una singular coincidencia se llamaba tambien Jesús[1070] y tenía por sobrenombre Bar-Abba ó Bar-Rabbas[1071]. Este personaje era muy conocido[1072], y segun parece habia sido preso por delito de homicidio y por haber tomado parte en un motin[1073]. Al repetirles Pilato su propuesta, se elevó un clamor general diciendo: «No á ése, sino á Jesús Bar-Rabbas.» Entónces Pilato se vió en la precision de indultar el preso que le pedian.

Sus apuros se aumentaban, y temia que le comprometiese la demasiada indulgencia para con un acusado á quien daban el título de «rey de los judíos.» Además, todos los poderes se ven siempre obligados á transigir con el fanatismo. Pilato creyó que debia hacer algunas concesiones; pero, vacilando todavía en derramar sangre para satisfacer el deseo de personas que detestaba, trató de imprimir al negocio un giro risible y mandó azotar á Jesús, aparentando burlarse del título pomposo que le daban[1074]. La flagelacion era el preliminar ordinario del suplicio de la cruz[1075]. Quizás Pilato quiso hacer creer que esa condena estaba ya pronunciada, confiando en que el preliminar sería suficiente. Entónces tuvo lugar, segun afirman todos los relatos, una escena odiosa y repugnante. Los soldados cogieron á Jesús, le desnudaron y le cubrieron con un manto de grana; luégo, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y una caña en la mano derecha. Así adornado, le hicieron subir á la tribuna del pretorio, y abofeteándole y escarneciéndole, se arrodillaban delante de él y le decian: «Dios te salve, rey de los judíos»[1076]. Otros le escupian, tomaban la caña y le herian en la cabeza. Difícil es comprender cómo la gravedad romana pudo prestarse á tan vergonzosos actos. Verdad es que, en su calidad de procurador, Pilato no tenía bajo sus órdenes sino tropas auxiliares; los ciudadanos romanos que componian las legiones no habrian descendido á semejante indignidad.

¿Creyó Pilato poner á cubierto su responsabilidad con aquel infame simulacro? ¿Esperaba separar el golpe que amenazaba á Jesús concediendo alguna cosa al ódio de los judíos?[1077] ¿Se prometia evitar un trágico desenlace con aquel entremes grotesco, haciendo ver en cierto modo que el asunto no merecia otra solucion? Si tales fueron sus intenciones, ningun éxito tuvieron. El tumulto crecia, amenazando convertirse en verdadera sedicion: por todas partes resonaba el grito: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Adoptando un tono cada vez más exigente, los sacerdotes declararon que peligraba la Ley si el seductor no era condenado á muerte[1078]. Pilato conoció que para salvar á Jesús sería indispensable sofocar un motin sangriento. Sin embargo trató de ganar tiempo, y al entrar en el pretorio se informó de qué país era Jesús, á fin de buscar un pretexto para declinar su propia competencia[1079]. Y segun una tradicion, remitió el acusado á Antipas, quien, segun parece, se hallaba accidentalmente en Jerusalen[1080]. Jesús se prestó poco á secundar esos benévolos esfuerzos; como habia hecho en casa de Caifás, se encerró en un silencio digno y grave, que llamó sobremanera la atencion de Pilato. Los gritos del populacho se hacian cada vez más amenazadores, y hasta se murmuraba ya del poco celo del funcionario, acusándole de proteger á un enemigo de César. Los mayores adversarios de la dominacion romana se trasformaron entónces en súbditos leales de Tiberio, para tener derecho de acusar de lesa-majestad al demasiado tolerante procurador. «Aquí no hay más rey que el emperador,—le decian:—Si sueltas á ése no eres amigo de César; puesto que cualquiera que se hace rey se declara contra César»[1081]. El débil Pilato, temeroso del informe que sus enemigos enviarian á Roma, informe en que se le acusaria de haber apoyado á un rival de Tiberio, dejó de insistir. Ya en el asunto de los escudos votivos los judíos habian escrito al Emperador y conseguido el objeto de su solicitud. El procurador vió amenazado su destino, y por una condescendencia que debia entregar su nombre á la execracion universal, cedió al fin, dejando á los judíos,—segun dicen,—toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder. Los judíos la aceptaron plenamente, y á creer la tradicion cristiana, respondieron: «Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos»[1082].

¿Fueron pronunciadas, en efecto, esas palabras? Dudoso nos parece. Pero, de todos modos, ellas son la expresion de una profunda verdad histórica. Si se tiene en cuenta la actitud de los romanos en Judea, se comprenderá que Pilato no pudo hacer sino lo que hizo. ¡Cuántas sentencias de muerte no han sido dictadas y arrancadas al poder civil por la intolerancia religiosa! El rey de España, que por complacer á un clero fanático, entregaba á la hoguera centenares de súbditos, era mil veces más censurable que Pilato, porque en él residia un poder mucho más completo que el que los romanos tenian entónces establecido en Jerusalen. Siempre que el poder civil, á instigacion del sacerdocio, se convierte en perseguidor ó en quisquilloso, prueba con ello su falta de energía. Pero si hay algun gobierno que sobre este punto se halle sin pecado, que arroje á Pilato la primera piedra. El «brazo secular», tras el cual se esconde la crueldad del clero, no es el culpable. ¿Podrá alguno decir con justicia que tiene horror á la sangre, porque la hace derramar por sus lacayos?

Esto supuesto, ni Tiberio, ni Pilato, fueron los que condenaron á Jesús; fué el antiguo partido judío, la ley mosáica. Segun nuestras ideas modernas, el demérito moral no se trasmite de padre á hijo: ante la justicia humana y divina, nadie es responsable sino de sus propias faltas. Por consiguiente, el judío que sufre todavía por la muerte de Jesús tiene derecho á quejarse, porque, si hubiese vivido entónces, quizás habria sido un Simon Cirineo; quizás no se habria hallado entre los que gritaron: «¡Crucifícale!» Pero las naciones, como los individuos, tienen su responsabilidad, y segun esto, si en el mundo hubo crímen cometido por una nacion entera, fué sin duda la muerte de Jesús. La Ley mosáica, en su forma moderna, es verdad, pero aceptada, pronunciaba pena de muerte contra toda tentativa hecha para cambiar el culto establecido. Jesús atacaba el culto, á no dudarlo, y aspiraba á destruirle. Los judíos dijeron á Pilato con una franqueza cuya verdad y sencillez no pueden negarse: «Nosotros tenemos una Ley, y segun esta Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»[1083]. La Ley era detestable; pero ella era la Ley de la ferocidad antigua, y el héroe llamado á abrogarla debia ante todo sufrir sus terribles decisiones.

Para que la sangre que Jesús va á derramar produzca sus frutos serán menester mil ochocientos años. Pensadores tan nobles como aquel mártir sublime sufrirán en su nombre, durante muchos siglos, la tortura y la muerte. Áun hoy dia, en países que se tienen por cristianos, se castigan con penas severas los delitos religiosos[*]. Pero Jesús no es responsable de esos extravíos: el mártir del Gólgota no podia prever que el fanatismo de algunos pueblos habia de llegar á convertirle en una especie de horrible Moloch, ávido de carne quemada. El cristianismo ha sido intolerante; pero la intolerancia no es un hecho esencialmente cristiano: es un hecho judío, por cuanto á que el judaismo fué el primero que erigió la teoría de lo absoluto en materia religiosa; el primero que asentó el principio de que todo innovador, aunque haya milagros en apoyo de su doctrina, debe ser apedreado sin misericordia y sin juicio prévio[1084]. Tambien el mundo pagano tuvo sus violencias religiosas; pero, si hubiese estado regido por una ley semejante, ¿se habria convertido á la religion cristiana? El Pentateuco fué, pues, en el mundo, el primer código del terror religioso, y el judaismo el primer ejemplo de un dogma inmutable, armado de la cuchilla. Si el cristianismo, en vez de perseguir con ódio ciego á los judíos, hubiese abolido el régimen que mató á su fundador, habria sido más consecuente y sería mucho más acreedor á la gratitud del género humano.

[*] No hace mucho tiempo que fueron condenados á presidio, por la administracion O’Donnell, algunos propagandistas protestantes de Granada. (N. del T.)

CAPÍTULO XXV