¿Sería justo decir por eso que Jesús lo debe todo al judaismo y que su grandeza no es sino la grandeza del pueblo judío? Yo soy el primero en reconocer la grande elevacion de ese pueblo, único en la tierra, cuyo dón particular parece haber sido contener en su seno los opuestos gérmenes del bien y del mal. Jesús salió, sin duda, del judaismo; pero salió de él como Sócrates salió de las escuelas de sofistas, como Lutero de la Edad media, como Lamennais del catolicismo, como Rousseau del siglo diez y ocho. El hombre pertenece á su siglo y á su raza, aunque su accion se dirija contra su raza y contra su siglo. Jesús, léjos de continuar el judaismo, representa, por el contrario, la ruptura con el espíritu judío. Áun suponiendo que sobre este punto pudiera su pensamiento prestarse á algun equívoco, la direccion general del cristianismo no dejaria ninguna duda, puesto que le vemos desde su cuna, alejándose más y más del judaismo. Su perfeccionamiento consistirá en volver á Jesús, pero no al espíritu judáico. La grande originalidad del fundador permanece, pues, entera, sin que su gloria admita ningun participante legítimo.

Es indudable que las circunstancias contribuyeron mucho al éxito de esta maravillosa revolucion; pero tambien lo es que las circunstancias no secundan sino lo que es justo y verdadero. Cada ramo del desarrollo de la humanidad tiene una época determinada, en la cual, por una especie de instinto espontáneo, llega sin violencia á adquirir su mayor perfeccionamiento. Ningun trabajo de reflexion consigue producir inmediatamente las obras maestras que en esos momentos de fiebre crea la naturaleza por medio de genios inspirados. El siglo de Jesús fué á la religion lo que fueron á las artes y á las letras profanas los hermosos siglos de la Grecia. La sociedad judáica ofrecia entónces el más extraordinario estado moral é intelectual que haya conocido jamás la especie humana. Aquélla fué verdaderamente una de esas horas divinas en que mil fuerzas ocultas conspiran á la produccion de lo grande y lo sublime, en que brotan por doquiera raudales de admiracion y simpatía para servir de apoyo á las almas elevadas. El mundo rescatado de la menguada tiranía de las repúblicas municipales, gozaba entónces de gran libertad. El despotismo romano no se dejó sentir de una manera fatal sino mucho despues, y además, en aquellas lejanas provincias fué siempre ménos abrumador que en el centro del imperio. Nuestras mezquinas y suspicaces medidas preventivas (mucho más perjudiciales para las cosas del espíritu que la misma muerte) no existian en aquella época. La vida que Jesús hizo por espacio de tres años le habria conducido veinte veces, en nuestra sociedad, ante los tribunales de justicia. Sólo nuestras leyes sobre el ejercicio ilegal de la medicina habrian bastado para detenerle al principio de su carrera. Por otra parte, la incrédula dinastía de los Heródes miraba con indiferencia los movimientos religiosos; bajo los Asmoneos es muy probable que Jesús no hubiese ido más allá de sus primeras tentativas. En semejante estado social, un innovador no arriesgaba sino la vida; mas ¿no es la muerte la que facilita el camino á los que trabajan para el porvenir? ¡Que cualquiera se imagine á Jesús reducido á soportar hasta sesenta ó setenta años el peso de su divinidad, perdiendo la celeste llama que en él ardia y gastándose poco á poco bajo las necesidades de un papel inaudito! Aquellos que nacen marcados con un sello de grandeza van á la gloria por una especie de atraccion irresistible, de órden fatal, y todo conspira á facilitarles el camino.

Permitido es, pues, llamar divina á esa personalidad sublime que todavía preside los destinos del mundo; mas no porque Jesús haya absorbido en sí todo lo divino, ó (para emplear los términos de la escolástica) porque le haya sido adecuado; sino porque él es el individuo que ha hecho dar á su especie el paso más avanzado hácia la divinal region. La humanidad, considerada en globo, ofrece un conjunto de seres abyectos, egoistas, que son superiores al animal, por cuanto á que su egoismo es más reflexionado. Pero en medio de esa uniforme vulgaridad se elevan hácia el cielo columnas cuya celsitud da testimonio de un destino más noble. De todas esas columnas que enseñan al hombre de donde procede y á dónde debe dirigirse, Jesús es la más elevada, la más grandiosa. En él se reconcentró cuanto de noble y bueno se contiene en nuestra naturaleza. Jesús no fué impecable, y tuvo que vencer las mismas pasiones que nosotros combatimos; si algun ángel le confortó, fué el de su buena conciencia; si algun Satanás se llegó á tentarle, fué el que cada uno abriga en su propio corazon. Posible es que muchas de sus faltas hayan quedado ocultas, así como ha desaparecido una parte de su grandeza á causa de la pobre interpretacion de sus discípulos. Pero nadie como él supo durante su vida someter las pequeñeces del amor propio al interes de la humanidad. Consagrado sin reserva á su idea, se lo subordinó todo á tal extremo, que, hácia el fin de su vida, el universo no existia ya para él. Ese acceso de voluntad heróica fué el que le conquistó el cielo. No ha habido ningun hombre (exceptuando quizás á Sakia-Muni) que haya despreciado hasta ese punto los lazos de la familia, los goces del mundo, todas las preocupaciones terrenales. Jesús no vivia sino para su Padre y para la mision divina, cuyo íntimo convencimiento abrigaba.

En cuanto á nosotros, niños sempiternos condenados á la impotencia; nosotros, que trabajamos sin cosechar, y que no verémos nunca el fruto de nuestra siembra, ¡inclinémonos con respeto ante la grandiosa figura de esos semidioses! Ellos supieron lo que nosotros ignoramos, esto es:—crear, afirmar, obrar. ¿Renacerá otra vez la grande originalidad, ó se contentará el mundo en adelante con seguir marchando por las vias que trazaron los audaces creadores de las antiguas edades? Lo ignoramos; pero cualesquiera que sean los fenómenos que se produzcan en el porvenir, nadie sobrepujará á Jesús. Su culto se rejuvenecerá incesantemente; su leyenda provocará lágrimas sin cuento; su martirio enternecerá los mejores corazones, y todos los siglos proclamarán que entre los hijos de los hombres no ha nacido ninguno que pueda comparársele.

FIN DE LA VIDA DE JESÚS

NOTAS


NOTAS DE LA INTRODUCCION


[1] Los grandes resultados obtenidos sobre este punto han sido adquiridos solamente despues de la primera edicion del Sr. Strauss. El eminente crítico, en sus ediciones sucesivas, los ha aprobado con una entera buena fe.