Aquella completa transfiguración, aquella actitud de tristeza, sumisa, medio vencida, por decir así, me quitó todo afán de triunfar y dio en tierra súbitamente con toda mi audacia.
—He caído en culpa, respecto de usted—le dije,—y vengo a excusarme.
—¿Culpable? ¿A excusarse?—exclamó, procurando reponerse de la sorpresa.
—Sí, soy un loco, un amigo cruel y desolado que viene a ponerse a sus pies y pedirle perdón...
—Pero, ¿qué tengo que perdonarle?—añadió, un poco asustada por aquella calurosa invasión en la tranquilidad de su retiro.
—Mi conducta pasada, todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, con la estúpida intención de herirla a usted.
Ella había recobrado la calma.
—Se imagina usted cosas que no existen o por lo menos se trata de leves errores de los cuales no me acordaré más el día que reconozca que usted también los olvida. ¿Sabe usted cuál ha sido su único error? El de abandonarme desde hace un mes. Porque hoy hace un mes—dijo, no ocultándome que se fijaba en las fechas,—que nos separamos una noche diciendo usted hasta mañana al despedirse.
—Y no he vuelto, es verdad; pero no es de eso de lo que me acuso con pena, no, de lo que me acuso mortalmente...
—¡De nada!—interrumpió ella imperiosamente.—Y desde entonces—continuó en seguida,—¿qué ha sido de usted? ¿Qué ha hecho?