—Muchas cosas y muy poco; depende del resultado.

—¿Y después?

—Eso es todo—dije queriendo hacer lo mismo que ella y cortar la conversación por donde me convenía.

Pasaron algunos momentos de embarazoso silencio y luego Magdalena empezó a hablar en un tono del todo natural y muy dulce.

—Tiene usted un carácter desagradecido y difícil—me dijo.—Cuesta trabajo entenderle a usted y más aún socorrerle. Cuando se desea animarle, sostenerle, a veces compadecerle, se le pregunta y usted se encierra en la más absoluta reserva.

—¿Qué quiere que diga, como no sea que aquel en quien usted confía, no es capaz de causar asombro a nadie y mucho me temo que defraude las esperanzas de sus buenos amigos?

—¿Y por qué defraudaría las esperanzas de los buenos amigos que sólo desean para usted una posición que merece?—continuó Magdalena tranquila ya, al ver que nos colocábamos en un terreno que le parecía mucho más seguro.

—Pues, por una razón muy sencilla: porque nada ambiciono.

—¿Y esa fogosidad por el trabajo que se apodera a lo mejor de usted?...

—Dura muy poco: es fuego que llamea con extraordinaria rapidez y en seguida se extingue. Subsistirá, creo, algunos años todavía, hasta que se desvanezca la ilusión cuando pase la juventud y vea yo claro que es cosa de acabar de una vez con tales engaños. Entonces llevaré la vida única que me cuadra, vida agradable de dilletantismo, en algún rincón de la provincia al cual no me lleguen ni los estimulantes ni los remordimientos de París, consagrándome a admirar el talento ajeno, que debe bastar, después de todo, para, ocupar los ocios de un hombre modesto que no es tonto.