—Lo que acaba usted de decir es insostenible—exclamó con gran vivacidad.—Tiene usted gusto en atormentar a los que le estiman... y miente usted...

—Nada es más cierto, se lo juro. Ya le he dicho en otra ocasión, y no hace mucho tiempo, que me sentía atraído, no por la idea de ser alguien, que me parecía sin sentido práctico, pero sí por el deseo de producir algo, única excusa, a mi juicio, de nuestra mísera existencia. Lo dije y traté de realizarlo. Pero nunca con el fin de que saque de ello provecho ni mi dignidad de hombre, ni mi gusto, ni mi vanidad, ni los otros ni yo mismo. Será sin más propósito que el de expulsar de mi cerebro algo que me molesta.

Sonrió al oír la curiosa y vulgar explicación que daba yo a un fenómeno bastante noble.

—¡Qué hombre tan singular resulta usted con sus paradojas! Lo sutiliza usted todo hasta el extremo de cambiar el sentido de las palabras y el valor de las ideas. Halagábame la creencia de que era usted un alma mejor organizada que muchas otras y más buena, por diversos conceptos. Le creía también, débil de voluntad, pero dotado de cierta tendencia a la inspiración. Y ahora resulta que deberá usted carecer de voluntad y convierte la inspiración en simple exorcismo.

—Llame usted las cosas por el nombre que quiera—dije, y le supliqué que cambiásemos de conversación.

Cambiar de conversación no era posible; había que volver al punto de partida o continuar. Le pareció más seguro razonar y yo la dejé decir sin replicar más que con una frase: «¿Para qué?»

—Habla en esta ocasión, como Oliverio, y, sin embargo, no hay nadie que se parezca a él menos que usted.

—¿Le parece a usted?—dije mirándola apasionadamente para dominarla de nuevo,—¿en verdad cree usted que somos tan diferentes? Pues yo creo, por lo contrario, que nos parecemos mucho. Obedecemos el uno y el otro, exclusivamente, ciegamente, a lo que nos encanta; lo que nos encanta es, tanto para él como para mí, imposible o poco menos, lograrlo; es una quimera o representa lo prohibido. Eso hace que siguiendo caminos muy opuestos, nos encontremos un día en el mismo punto, acobardados y «sin familia»—añadí, usando la frase «sin familia» en vez de otra mucho más clara que se me vino a los labios.

Magdalena tenía los ojos fijos en el bordado, pero clavaba la aguja al azar, sin poner atención. La expresión de su rostro había cambiado, su continente, una vez más, sumiso y desarmado, me enterneció hasta el extremo de hacerme olvidar el objeto de mi visita.

—Comprendería usted bien—dijo con cierta turbación.—Hay para todo el mundo, creo yo... (vacilaba un poco al elegir las palabras) un momento difícil en el cual se duda de uno mismo y hasta de los demás. Lo que importa entonces es aclarar la duda y tomar una resolución. Algunas veces, el corazón tiene necesidad de decir: «Quiero». A lo menos me lo figuro por haberme sucedido ya una vez—continuó, titubeando más todavía en torno de un recuerdo que a los dos nos traía a la mente la historia de su casamiento.—Dicen que una marquesa de principios de siglo pretendía que por fuerza de la voluntad podía evitarse la muerte. Acaso si murió fue porque se distrajo. Hay así muchos accidentes que se presume que son involuntarios; ¡quién sabe si la dicha no depende en gran parte de la voluntad de ser dichoso!...