Durante muchos días—y bien podría decir por espacio de muchos meses,—la imagen de Magdalena ofendida y tan llena de angustia me persiguió como un remordimiento y me hizo expiar cruelmente mis faltas. No cesaba de ver el brillo de sus lágrimas que un olvido de toda prudencia había hecho correr y permanecía como prosternado en obediencia incondicional, como embrutecido, bajo el imperio de aquella dulzura tan imperiosa, de aquella actitud que me había impuesto sellar para siempre el labio indiscreto que estuvo a punto de causarle tanto mal. Estaba avergonzado de mí mismo. Me redimía de aquel loco y culpable atrevimiento por la más sincera contrición. El torpe orgullo que me había animado contra Magdalena y me había prestado armas para combatir contra mi propio amor, aquel deseo malevolente de hallar un adversario en el ser inofensivo y generoso a quien adoraba, las acritudes, las protestas de un corazón enfermo, la doblez de un espíritu entristecido, todo lo que aquella crisis morbosa había extravasado, por decir así, en mis sentimientos más puros, se había disipado como por encanto. Ya no temía declararme vencido, verme humillado, sentir que el pie de una mujer hollaba al demonio que me poseía.
La primera vez que volví a ver a Magdalena, y me obligué a ello, desde los primeros días hubo de reconocer en mí una mudanza tan radical que la tranquilizó absolutamente. No me costó trabajo probarle con qué intenciones de sumisión tornaba a ella; las comprendió a la primera mirada que cambiamos. Esperó un poco para asegurarse de la solidez de mis propósitos; y tan luego como vio que persistía y me conservaba firme en mi puesto en ciertos instantes de difícil prueba, abandonó su actitud defensiva y aparentó no acordarse de nada, que era la más caritativa de todas las maneras de otorgarme perdón y la única que le estaba permitida.
Algún tiempo después, un día, recobrada la calma, pasado todo peligro, y no habiendo ya gran inconveniente en hablarle del arrepentimiento que no me abandonaba, le dije:
—Le he hecho a usted mucho daño y lo expío.
—Basta—me replicó,—no hablemos más de eso; procure sólo curarse, yo le ayudaré.
A partir desde aquel momento Magdalena se consagró a mí. Con un valor, con una caridad sin límites, me toleraba cerca de ella, me vigilaba, me socorría por su continua presencia. Inventaba medios para distraerme, para aturdirme, para interesarme en ocupaciones serias que me absorbieran.
No parecía sino que se reconocía culpable a medias de los efectos que en mí había hecho nacer y que una especie de deber heroico le aconsejaba sufrirlos, le recomendaba, sobre todo, procurar la curación de ellos. Siempre serena, discreta, resuelta, me animaba a luchar; y cuando estaba satisfecha de mí, es decir, cuando yo me había destrozado el corazón para forzarle a latir más despacio, me recompensaba con frases calmantes que me hacían verter lágrimas o con expresiones consoladoras que valían una caricia. Vivía así en contacto con la llama que me abrasaba, al abrigo de las sensaciones más abrasadoras, envuelto, por decir así, en un ropaje de inocencia y de lealtad que la hacía invulnerable a los ardores que de mí partían como a las sospechas que de la sociedad podían emanar.
Nada más delicioso y al mismo tiempo aflictivo y temible que aquella singular colaboración en que Magdalena gastaba fuerzas en pro de mi curación sin lograr devolverme la salud. Duró aquel orden de cosas muchos meses, tal vez un año; no podría determinarlo porque corresponde a un período de mi vida, de tal modo confuso y agitado, que de él no me ha quedado más que el sentimiento vago de una gran perturbación que continuaba sin ningún accidente notable que sirviera para establecer una medida.
Abandonó París para ir a los baños de Alemania.
—Supongo que no me seguirá usted—me dijo.—Eso ofrecería mil inconvenientes para usted y para mí.