Era la primera vez que la veía preocuparse de poner a salvo su propia seguridad. Ocho días después de su partida recibí de ella una carta admirablemente seria y buena. No le contesté en atención a que me lo rogaba. «Le haré a usted compañía desde lejos—me escribía,—tanta como me sea posible.» Y durante todo el tiempo que duró su ausencia, con intervalos regulares puso la misma paciencia en escribirme; así me recompensaba por mi obediencia al no seguirla. Sabía muy bien que el aburrimiento y la soledad son malos consejeros: no quería dejarme solo con su recuerdo sin intervenir de tiempo en tiempo con un indicio de su presencia.
Sabía la fecha del regreso, y el día aquel me apresuré a ir a su casa. Fui recibido por el señor De Nièvres, a quien no encontraba ya sin un vivo desagrado. Era quizás perfectamente injusto, quiero creer que ningún fundamento tenían las suposiciones descorteses que había hecho; pero veía en él al marido de la condesa De Nièvres, a través de suspicacias muy poco lúcidas, y con razón o sin ella, aquellas suspicacias me lo presentaban reservado, sospechoso, casi hostil. Habían llegado por la mañana. Julia, indispuesta y cansada, dormía. Magdalena no podía recibirme. Apareció cuando escuchaba yo tales explicaciones y el señor De Nièvres se marchó en seguida.
Una súbita idea cruzó por mi mente, como sano consejo de prudencia al estrechar la mano de aquella mujer tan animosa y a la cual ponía en tantos peligros:
—Tengo intención de viajar durante algún tiempo—le dije tras breves palabras de gratitud por sus bondades.—¿Qué le parece a usted?
—Si le parece que eso puede serle útil, hágalo—repuso, manifestándose tan sólo un poco sorprendida.
—¡Util! ¿Quién sabe? En todo caso merece la pena de hacer un ensayo.
—Sí, quizás convenga probar—continuó Magdalena con acento bastante grave.—Pero entonces, ¿cómo tendremos noticias de usted?
—¿Cómo? Por los mismos medios si usted lo permite.
—¡Oh, no! Eso no será, no puede ser. Escribirle a usted de Alemania a París era posible, pero de París... al azar, comprenderá usted que no sería razonable.
La dura perspectiva de pasar muchos meses absolutamente privado de todo contacto, siquiera fuese indirecto, con Magdalena, me hizo vacilar un instante. Otra reflexión me decidió a hacer la prueba más radical y le dije: