—Sea. Ya no oiré hablar de usted más que por medio de Oliverio que no es el más exacto de los corresponsales. Me tiene usted dadas muchas pruebas de generosidad y sólo puedo mostrarme digno de ellas resignándome. Puede usted imaginar lo que este esfuerzo debe costarme.

—¿De modo que se marcha usted seguramente?—interrogó Magdalena que quería dudarlo aún.

—Mañana mismo. Adiós.

—Vaya usted con Dios—exclamó con un fruncimiento de cejas que prestaba a su semblante una expresión singular.—¡Vaya con Dios y que Él le aconseje!

Al otro día, efectivamente, estaba en camino. Oliverio, que bajo palabra de honor se había comprometido a escribirme, mantuvo su promesa tan lealmente como permitía su habitual inercia. Por él supe el estado de salud de Magdalena, y ella, sin duda, supo también que nada tenía que temer en cuanto a la vida del viajero; pero eso fue todo.

Nada le diré a usted de aquel viaje, el más hermoso y el menos aprovechable que jamás he hecho. Siéntome, como humillado, cuando pienso que hay países en el mundo en los cuales he paseado tristezas tan vulgares y vertido lágrimas tan poco viriles. Me acuerdo de un día en que lloré sinceramente, con amargura, como un niño a quien las lágrimas no hacen que se ruborice, a la orilla de un mar que ha presenciado milagros, no divinos, sino humanos. Estaba solo, los pies en la arena, sentado en una roca entre muchas que tenían argollas de bronce a las cuales en otros tiempos se habían amarrado navíos. Nadie había ni en la playa abandonada por la historia, ni en la mar sobre la cual no se veía pasar ni una vela. Un pájaro blanco volaba entre cielo y agua dibujando su movido plumaje sobre el cielo azul y reproduciéndolo sobre las mansas aguas. Estaba solo para representar en aquella hora, en un lugar único, la pequeñez y las grandezas de un hombre vivo. Lanzaba el nombre de Magdalena, gritando con todas mis fuerzas para que lo repitieran las sonoras rocas de la costa; luego un sollozo ahogó mi voz, y lleno el corazón de confusiones me preguntaba si los hombres de hace dos mil años, tan intrépidos, tan fuertes, habían amado tanto como nosotros.

Aunque había dicho que mi ausencia duraría muchos meses, regresé al cabo de algunas semanas. Nada en el mundo me hubiera hecho prolongar mi viaje un solo día más.

Magdalena me creía aún a cuatrocientas o quinientas leguas de ella cuando una noche entré en un salón en que estaba seguro de que la encontraría. Al verme hizo un movimiento que implicaba una imprudencia.

Muy pocos habían tenido noticia de mi ausencia. Se desaparece tan cómodamente en nuestro gran París, que cualquier hombre tendría tiempo de dar la vuelta al mundo antes de que nadie hubiese notado su partida.

Saludé a Magdalena igual que si la hubiera visto el día antes. A la primera mirada comprendió que volvía a ella totalmente agotado, hambriento de verla y con el corazón intacto.