—Me ha inquietado usted mucho—dijo.

Y exhaló un suspiro. Hubiérase dicho que mi regreso en lugar de causarle espanto la desembarazaba, por el contrario, de una preocupación más amarga que todas las demás.

Volvió a aplicarse en su tarea aplastadora. Los medios empleados para «curarme» (era la única palabra de que se sirvió para definir una empresa en la cual se trataba, en efecto, de su salvación y de la mía) todos eran malos cuando no emanaban directamente de su apoyo. En adelante quería intervenir ella sola en aquella lucha de la cual ella era la causa.

—Lo que he hecho lo desharé—me dijo un día de orgulloso reto llevado hasta la locura.

Toda su sangre fría la había abandonado. Cometió ligerezas sublimes que trascendían a desesperación. Ya no era bastante para ella socorrerme lo más cerca posible, prestarme ánimo cuando desfallecía, calmarme si me exasperaba. Notaba ella que su recurso mismo contenía llamas, y se empeñó en apagarlas vigilando hora tras hora mis pensamientos más secretos. Para eso habría sido menester multiplicar hasta lo infinito visitas que ya se repetían con demasiada frecuencia. Entonces fue cuando imaginó medios para verme fuera de su casa. Puso en esto aquel espantable atrevimiento que sólo es permitido a las mujeres que arriesgan el honor y a las que obran con indiscutible inocencia. Bravamente me dio citas. El lugar elegido era siempre desierto, aunque poco lejano de su casa. Y no vaya usted a figurarse que aprovechaba para esas expediciones peligrosas las frecuentes ocasiones en que el conde De Nièvres se ausentaba. No; estando él en París, a riesgo de encontrarle, de perderse, acudía a la hora señalada y casi siempre tan dueña de sí misma, tan resuelta como si todo lo hubiese sacrificado.

Su primera ojeada era todo un examen. Me envolvía en aquella amplia y deslumbradora mirada que quería sondear mi conciencia y reconocer en el fondo de mi corazón las tempestades formadas o resignadas desde el día anterior. Su primera frase era una interrogación: «¿Cómo le va a usted?» Aquel ¿Cómo le va a usted? significaba: «¿Es usted más razonable?»

A las veces le respondía yo valientemente con una semimentira, que nunca alcanzaba a engañarla, pero que despertaba en su ánimo curiosidades e inquietudes de otro género. Se apoyaba en mi brazo y caminábamos bajo los árboles, callando a intervalos o hablando con la aparente calma de dos amigos que se han encontrado por casualidad. Ella me descubría, durante aquellas horas de abrasadora compenetración, me revelaba—como otras tantas maravillas,—tesoros de desinterés, de abnegación, remedios de previsión casi iguales a las profundidas de su caridad. Ordenaba mi vida mal arreglada, o mejor dicho en completo desarreglo, dedicada sin medida tan pronto a las mayores exageraciones de trabajo asiduo, como a los excesos de la mayor inercia. Censuraba mis cobardías, se indignaba de mis desfallecimientos y me reprochaba las invectivas que me complacía en prodigarme, porque afirmaba que en ellas veía las inquietudes de un espíritu mal equilibrado y más perplejo que equitativo.

Si hubiera yo sido capaz de concebir las más leves ambiciones un poco llevadas con el verdadero valor que ella me infundía, se hubieran desarrollado en mi ánimo con llamaradas de incendio.

—Quiero verle dichoso—me decía.—¡Si usted supiera con qué fervor lo deseo!

Vacilaba ordinariamente ante la palabra porvenir, que a los dos nos hería con augurios ¡ay! demasiado razonables. ¿Qué perspectiva, qué salida descubría ella más allá del día próximo que limitaba nuestros ensueños? Ninguna sin duda. Las sustituiría por algo vago y quimérico, como esa postrera esperanza que les queda a los que nada esperan ni tienen ya que esperar.