Cuando le ocurría el tener que faltar a aquella misión de casi todos los días, que ella cumplía con el entusiasmo de un médico que se sacrifica, al otro día me pedía excusa como si se tratara de una falta. Había llegado a no saber si debía aceptar la dulzura de tan terrible socorro. Sentía deslizarse en mí tales perfidias que ya no me era dado discernir en qué medida era culpable o desgraciado. A mi pesar tramaba planes abominables, y cada día Magdalena, sin saberlo, hallaba una traición. No estaba yo en condición de ignorar que no hay valor que resista ciertas pruebas, que la virtud más invencible minada a cada instante corre grave riesgo y que de todas las enfermedades la que se pretendía curarme era la más contagiosa.
Habiéndose ausentado súbitamente el conde De Nièvres, Magdalena me hizo saber que nuestros paseos debían ser suspendidos. Los reanudamos luego que su marido volvió con más decisión y mayor entusiasmo. El perpetuo me, me adsum qui feci—yo, yo sólo soy la causa,—volvía bajo todas las formas en paroxismos de generosidad que me colmaban de vergüenza y de felicidad.
Así llegó hasta el punto más escarpado de una tentativa a la cual ninguna mujer heroica ha podido alcanzar sin despeñarse. Se mantuvo todavía algún tiempo intrépidamente y sin desfallecer demasiado, como un ser poseedor de recursos sobrenaturales a quien el vértigo hubiese privado del sentido y el exceso del peligro retuviera al borde del abismo paralizando de pronto su razón. En ese momento me di cuenta de que tenía agotadas las fuerzas. Aquella milagrosa organización se defendió de ella misma. No se lamentó. No confesó nada que pudiera delatar debilidad. Reconocerse impotente y desanimada era ponerlo todo en manos del azar, y el azar le causaba miedo como el más incierto de todos los auxiliares, el más pérfido, acaso el más amenazador. Declararse extenuada, era abrirme su corazón a dos manos y mostrarme el mal que en él había hecho yo. No lanzó ni un gemido de angustia. Se desplomó desfallecida. Un día le dije:
—Me ha curado usted, Magdalena; ya no la amo.
Ella se quedó parada, se puso horriblemente pálida y vaciló como espantada por una maldad que la penetraba hasta el fondo del alma.
—¡Oh, tranquilícese usted, el día que eso sucediera!...—añadí.
—El día que eso sucediera...—repitió ella.
Y le faltó la voz y rompió a llorar.
Al día siguiente, no obstante, volvió. La vi apearse de su carruaje tan cambiada, tan abatida que me asusté.
—¿Qué tiene usted?—le dije corriendo a su encuentro, tanto me pareció próxima a desmayarse.