Se repuso un poco, gracias a un prodigioso esfuerzo, que no pudo ocultar, y me respondió solamente:

—Estoy muy cansada.

Entonces me asaltó un horrible remordimiento.

—Soy un miserable—exclamé,—sin corazón y sin sentimientos honrados. No supe salvarme; viene usted a mí y la pierdo. Magdalena, ya no necesito de usted, no quiero más ayuda ni más nada... No quiero un socorro, comprado tan caro, a costa de una amistad que he hecho demasiado pesada y que acabaría por matarla a usted. Que sufra o no, a mí solo importa. Mi alivio emanará de mí mismo, mis miserias me conciernen a mí solo, y cualquiera que fuera el final de ellas ya no alcanzará a nadie más que a mí.

Me escuchó al principio sin responder, como reducida a ese estado de abatimiento enfermizo o de fragilidad infantil que nos hace incapaces de comprender la dureza de ciertas ideas y de tomar una resolución.

—Separémonos—le dije—por completo. Sí, separémonos, será lo mejor. No nos veamos más, olvidémosnos... París nos desunirá sobradamente sin que pongamos entre nosotros muchas leguas de distancia. A la primera palabra que usted pronuncie advirtiéndome que necesita de mí me volverá usted a encontrar. De lo contrario...

—De lo contrario...—murmuró saliendo lentamente de su embotamiento.

Empleó algunos segundos para analizar en el fondo de su alma aquella frase que para los dos encerraba la amenaza de un adiós definitivo. Al principio parecía como si no alcanzara a darle un sentido comprensible.

—Es verdad—prosiguió,—soy un punto de apoyo bien débil, ¿verdad? un razonador que cansa, un amigo, quizás, inútil...

Luego se veía que buscaba solución menos ruda. Y como advirtiera que yo aguardaba una respuesta ahogándome la ansiedad, hizo ese gesto peculiar de los enfermos aniquilados por el dolor, a quienes se atormenta hablándoles de asuntos graves y me dijo: