Entré en mi casa menos contristado por la impresión de las secretas llagas que había tenido ocasión de ver, que humillado de mí mismo, por mi impotencia para llegar a nada práctico. Hallé a Oliverio esperándome; estaba cansado y aburrido.

—Vengo de casa de Agustín—le dije.

Examinó mi ropa manchada de barro, y comprendiendo que no se daba cuenta de dónde podía salir yo en semejante estado, añadí:

—Se ha casado Agustín.

—¿Casado...?—exclamó Oliverio.

—¿Y por qué no?

—Eso debía suceder. Un hombre como él debía empezar por eso. ¿Has observado tú—continuó seriamente,—que hay dos categorías de hombres que tienen furia por casarse pronto aunque su posición los coloque en la imposibilidad de vivir cerca de las mujeres o de mantenerlas? Te hablo de los marinos y de los que no tienen un céntimo. ¿Y la señora de Agustín?

—Su mujer no se llama la señora de Agustín y vive en el campo. Hoy ha tenido la complacencia de presentarme a ella.

Y en pocas palabras le puse al corriente de lo que me convenía hacerle conocer de la vida doméstica de Agustín.

—¿De modo que has visto cosas que te han edificado?