Aquella resistencia a dejarse impresionar por un tal ejemplo de valerosa probidad me desagradó y nada le contesté.

—Está bueno—continuó Oliverio con la amarga impertinencia que caracterizaba sus momentos de mal humor.—¿Pero qué es lo que han hecho ustedes encerrados entre aquellas cuatro paredes?

—Pues hemos serrado leña—le dije mostrándole que no bromeaba.

—Debes tener frío—dijo levantándose para dejarme;—has andado bajo la lluvia, tus ropas mojadas transpiran los odiosos rigores de la vida precaria y del invierno, vienes empapado de estoicismo, de miseria y de orgullo. Aguardemos a mañana para hablar más razonablemente.

Le dejé salir sin pronunciar ni una palabra más y advertí que cerró la puerta con impaciencia. Creí comprender que tenía sin duda penas íntimas que le hacían injusto y de aquellas penas, si no sabía yo cuál era el verdadero motivo, podía a lo menos adivinar la naturaleza. Figurábame que se trataba de nuevas aventuras o de accidentes de una alianza muy antigua y cuya duración era ya poco probable. Sabía la facilidad que tenía para desprenderse de las cosas y la impaciencia enfermiza que le llevaba, por el contrario, a precipitarse hacia las novedades. Entre las dos hipótesis de una ruptura o de una inconstancia, me inclinaba a aceptar la segunda. Estaba en racha de indulgencia: la visita a casa de Agustín me había puesto en temple de mansedumbre. Por eso al día siguiente por la mañana entré en casa de Oliverio. Dormía o fingía dormir.

—¿Qué tienes?—le dije tomándole la mano como a un amigo cuyas reservas se quiere quebrantar.

—Nada—me contestó volviendo a mí el rostro con señales del cansancio de una noche de insomnio o de penosos ensueños.

—¿Estás aburrido?

—Siempre.

—¿Y qué es lo que te aburre?