—Todo—replicó con evidente sinceridad.—He llegado a detestar a todo el mundo y a mí mismo más que a nadie.
Estaba dispuesto a callar y comprendí que toda pregunta no lograría más que subterfugios y le irritaría más sin satisfacerme.
—Creí—le dije,—que tenías algún motivo accidental de preocupación o de apuro y venía a poner a tu disposición mis servicios o mis consejos.
Sonrió al oír esta última frase, que le pareció con razón irrisoria, puesto que todos los consejos que nos habíamos dado mutuamente tan poco habían servido hasta entonces.
—Si te prestas a hacerme un servicio lo acepto—dijo.—Puedes realizarlo sin mucho trabajo. Basta con ir a casa de Magdalena y reparar lo mejor que puedas una necedad que cometí ayer presentándome en un lugar público en el que estaban ella y Julia con mi tío. No iba solo yo... Es muy posible que me hayan visto, porque Julia tiene unos ojos que me encontrarían en donde no estuviera. Te agradecería que te aseguraras del hecho interrogando hábilmente a una y a otra. Si lo que temo hubiera sucedido, inventa una explicación verosímil que a nadie comprometa, suponiendo un nombre, relaciones, costumbres, algo en fin que recomiende a la persona que me acompañaba, pero de modo que ni mi caro primo ni Magdalena puedan contratorcer la información, si por casualidad entraran en ganas de verificarla.
Aquella misma noche vi a Magdalena. Era uno de sus viernes, día de visitas. Me propuse cumplir únicamente la misión que Oliverio me había encomendado. Su nombre no fue pronunciado. No averigüé, pues, nada positivo. Julia estaba un poco indispuesta. La noche antes había tenido un ligero acceso de fiebre a consecuencia del cual estaba todavía débil y nerviosa. Debo advertirle a usted que ya hacía tiempo el estado de Julia me inquietaba. Había hecho respecto de ella muchas reflexiones que he pasado en silencio porque el interés por la preocupación de aquella personita, siendo muy verdadera mi afección por ella, desaparecía—lo confieso—envuelto en el movimiento egoísta de mis propios rompederos de cabeza.
Recordará usted quizás que la víspera misma de su boda, hablándome solemnemente de lo que ella designaba con el calificativo de últimas voluntades de soltera, Magdalena había introducido el nombre de Julia y lo había barajado con el mío bajo esperanzas comunes cuyo sentido era claro. Después, en Nièvres y en París había renovado la misma insinuación sin que Julia ni yo mostráramos la menor idea de darle acogida. Un día, delante de su padre que sonreía dulcemente observando aquellas ingeniosas niñerías tomó el brazo de su hermana, lo enlazó al mío y luego nos contempló con expresión de verdadera alegría. Nos mantuvo delante de ella en aquella actitud que resultaba extremadamente embarazosa, y que no me parece que fuera más grata para Julia; luego, sin adivinar que entre su hermana y yo había más de un obstáculo ya formado que anulaba sus proyectos de unión, como habría hecho una madre, la besó tiernamente y muchas veces diciéndole: «No nos separemos, mi hermanita querida; ¡ojalá podamos no separarnos nunca!»
Luego—desde el día que la atención de Magdalena pudo despertarse en punto al verdadero estado de mis sentimientos,—no se había vuelto a decir palabra sobre aquel asunto y jamás tuve ni el indicio más leve de que Magdalena pensara en él todavía. Por lo contrario, si por casualidad surgía la idea de un proyecto que sin duda la había ocupado en otro tiempo, parecía haberlo dado al olvido enteramente o no haberlo tenido nunca. Algunas veces, solamente, contemplaba a Julia con una expresión más tierna que revelaba tristeza. Sacaba yo en consecuencia que se habían desvanecido esperanzas que se habían hecho imposibles, y que el porvenir de su hermana cifrado un momento en combinaciones quiméricas, la preocupaba y constituía una dificultad nueva que resolver.
En cuanto a Julia, no había tenido que ir tan lejos. Sus sentimientos, determinados desde un principio e invariablemente dirigidos al mismo objeto no habían cejado. Solamente las susceptibilidades de que se lamentaba Oliverio se acercaban más y más cada día y coincidían invariablemente con una ausencia considerada larga, una palabra demasiado viva o un aspecto más distraído de su primo. Su salud se alteraba. Tenía la misma digna valentía que su hermana que le impedía quejarse; pero no poseía el don maravilloso de ser caritativa con los que la lastimaban, que daba margen a que los martirios de Magdalena se convirtieran en sacrificios. Hubiérase dicho que la contrariaba el interés que quienquiera que fuese le mostraba, excepto el de Oliverio que de todos los intereses que pudiera esperar era el más escaso. Antes hubiese aceptado el implacable desdén de este último que someterse a una conmiseración que la ofendía. Su carácter sombrío hasta el exceso presentaba de día en día ángulos más vivos; su rostro, gesto más impenetrable; y en toda su persona se definía mejor el aspecto de empecinamiento y de obstinación en una idea fija. Hablaba cada vez menos, sus ojos, que ya no interrogaban casi para evitar más que nunca el responder, parecía que hubiesen replegado la única llama un poco viva que los mezclaba al pensamiento de los deseos.
—No estoy satisfecha de la salud de Julia—me había dicho Magdalena repetidas veces.—Indudablemente está delicada y de un humor que se disgusta con todos, hasta con los que más la quieren. Dios sabe, no obstante, que no es que le falte la facultad de aficionarse a la gente.