En otra época, Magdalena no me habría hablado, ciertamente, de su hermana en semejantes términos. Por lo demás esta atribución de excesiva ternura y aquellas cualidades afectuosas puestas de relieve por Magdalena, no se concordaban muy bien con la frialdad de las apariencias que resultaban de las heladas maneras de Julia.

Estaba cansado de hacer conjeturas cuando diversos incidentes que no le digo a usted me abrieron los ojos por completo. La diligencia que Oliverio me encargara tenía, pues, para mí una significación muy grave, aunque él no me había revelado más que la mitad, como se hace con un agente diplomático a quien no se quiere enterar a fondo de ciertos secretos. Me informé con particular cuidado del origen y de la hora de la indisposición de Julia. Lo que averigüé estaba en completa conformidad con los informes dados por Oliverio. Magdalena era imperturbablemente dueña de sus contestaciones y hablaba de la fiebre de su hermana como un médico hubiera hablado.

Volví a mi casa muy tarde y hallé a Oliverio levantado esperándome.

—¿Y bien?—me dijo vivamente como si su impaciencia se hubiera acrecentado de pronto durante mi visita.

—Nada he averiguado—le contesté.—Todo lo que sé es que Julia volvió ayer del concierto con fiebre, que la fiebre es muy alta y que está enferma.

—¿La has visto?—me preguntó Oliverio.

—No—le dije usando de una mentira, porque la necesitaba para interesarle un poco más en la indisposición de Julia, muy leve por cierto.

Hizo un gesto de cólera y exclamó:

—Estaba seguro, me vio.

—Lo temo—dije yo.