Dio dos o tres vueltas alrededor de su cuarto caminando muy de prisa; después se detuvo, golpeó el suelo con el pie jurando.
—¡Eh, bien! Tanto peor—exclamó.—¡Tanto peor para ella! Soy libre y hago lo que me place.
Conocía yo todos los matices del espíritu de Oliverio; era raro que el despecho llegara en él hasta la exasperación de la cólera. No creí, pues, engañarme abordando un asunto en el que estaba comprometido el corazón de una joven.
—Oliverio—le dije,—¿qué pasa entre Julia y tú?
—Sucede que Julia está enamorada de mí y que yo no la amo.
—Lo sabía—continué yo,—y por interés de los dos...
—Te lo agradezco. No tienes que atormentarte en cuanto a mí por una cosa que no he querido, que no he fomentado, ni acogido, que no me interesará jamás, que me es tan indiferente como esto—dijo sacudiendo en el aire la ceniza de su cigarro.—En lo que a Julia se refiere, te permito compadecerla, porque se empeña en una idea loca... Hace su desgracia a su placer...
Estaba exasperado, hablaba muy alto y por la primera vez en su vida, quizás, usaba de hipérboles en donde por lo ordinario solía emplear diminutivos de palabras o de ideas.
—¿Qué quieres que le haga yo, después de todo?—continuó.—Es una situación absurda: hay otras situaciones que lo son por lo menos tanto como ésta.
—No hablemos de mí—le dije, haciéndole comprender que mis asuntos propios no estaban en juego y que recriminar no era prueba de tener razón.