—Sea; corresponde al que se ve en apuros salir de ellos sin tomar ejemplo de otros ni consultar a nadie. Pues, bien, yo no tengo más que un recurso para salir de este en que estoy y es decir no, no, y siempre no.

—Lo que no remediará nada, porque tú dices no desde que te conozco y desde que conozco a Julia quiere ser tu mujer.

Al oír esta última frase hizo un movimiento y un gesto de verdadero terror; después lanzó una carcajada que hubiera dejado muerta a Julia si hubiese podido escucharla.

—¡Mi mujer!—exclamó con una expresión de inconcebible desprecio por una idea que le parecía insensata.—¡Yo el marido de Julia! ¡Ah!... Pero, entonces, Domingo, ¿es que tú no me conoces mejor que si nos hubiéramos encontrado por vez primera hace una hora nada más? Primero te diré por qué jamás me casaré con Julia y luego te explicaré por qué nunca me casaría con ninguna otra, quienquiera que fuese. Julia es mi prima, razón quizás, para que me guste un poco menos que cualquiera mujer extraña. La conozco de toda mi vida; puede decirse que hemos dormido en la misma cuna. Hay personas a las cuales esta casi fraternidad las seduciría. A mí la sola idea de casarme con una mujer a la cual he visto jugar con las muñecas me parece tan cómica como la de acoplar dos juguetes. Es bonita, no es tonta, tiene tan buenas cualidades como quieras. Adorándome a pesar de todo—¡y Dios sabe si me hago adorable yo!—sería constante a toda prueba, me rendiría verdadero culto, sería la mejor de las esposas. Estando satisfecha sería todo dulzura; sintiéndose feliz se tornaría encantadora. Pero no la amo, no la amo y no quiero nada de ella... Si esto continúa llegaré a odiarla—dijo exasperándose de nuevo.—Por otra parte, la haría desdichada, horriblemente desdichada; ¡vaya un porvenir! Al día siguiente de la boda estaría celosa y no tendría razón. Pero seis meses después la tendría y le sobraría. Y la plantaría en ese punto: sería implacable. Me conozco y estoy seguro de eso. Si esto continúa, me marcharé: huiré al fin del mundo. Se me vigila, se me siguen los pasos, se averigua que tengo queridas, y mi futura mujer es mi espía.

—No tienes razón, Oliverio—le dije interrumpiéndole vivamente.—Nadie espía tus pasos. Nadie conspira con la pobre Julia para apoderarse de tu voluntad y llevarla atada de pies y manos. Yo no he hecho más que formular un deseo: el de que Julia y tú os entendierais un día; en eso veía para ella una dicha segura y para ti ventajas que no veo en ninguna otra parte.

—¡Dicha segura para Julia y para mí ventajas nada más! ¡Maravilloso!... Si eso pudiera ser tus conclusiones representarían mi salvación. Pues, bueno, te declaro una vez más que te conviertes en instrumento de la desventura de Julia ya que para evitarle una decepción definitiva serías capaz de convertirme en un cobarde criminal y la matarías. ¡No la amo! ¿Lo quieres más claro? Ahora bien, sabes tú lo que se entiende por amor o desamor: son dos ideas contrarias que corresponden a iguales energías, a la misma imposibilidad de ser gobernados. Prueba a olvidar a Magdalena, yo intentaré adorar a Julia y veremos quién de los dos llegará antes al fin propuesto. Registra mi corazón por arriba, por abajo, escarba en él con el más curioso afán, ábreme las venas, y si encuentras una sola pulsación que se asemeje a la simpatía, el más leve rudimento del cual se pueda decir que puede ser amor algún día, llévame a Julia sin esperar un momento y me caso con ella; si no, no me hables más de esa niña que me es insoportable y...

Se detuvo, no porque había agotado sus argumentos—que los elegía en un arsenal inagotable—como si se calmara de súbito por una reacción instantánea sobre sí mismo. Nada igualaba en Oliverio al temor de parecer ridículo, al cuidado que poseía en no decir mucho o demasiado poco, al sentido riguroso de la medida. Escuchándose advirtió que hacía un cuarto de hora que estaba divagando.

—Palabra de honor—exclamó,—me vuelves imbécil, me haces perder la cabeza. Estás delante de mí con la sangre fría de un confidente de comedia y yo parece que te estoy dando el espectáculo de un sainete trágico.

Después se acomodó en una butaca, se colocó en la posición de un hombre que se prepara no ya a perorar, sino a discurrir sobre ideas ligeras y cambiando de tono tan pronto y tan completamente como habría cambiado de actitudes y parpadeando un poco, con la sonrisa en los labios, prosiguió:

—Es posible que llegue a casarme. No lo creo, pero hablando con prudencia te diré, si quieres, que en lo porvenir todo puede ser admitido: se han visto conversiones más asombrosas. Corro en pos de algo que no encuentro. Si alguna vez ese algo se me apareciera en forma que me sedujese, ornado de un nombre que constituyera una alianza agradable con el mío, cualquiera que fuera, por otra parte, la fortuna, podría suceder que hiciera una locura, porque lo sería en cualquier caso; pero ésta, a lo menos, sería a mi gusto y no me habría sido inspirada más que por mi capricho. Por el momento me propongo vivir a mi modo. Toda la cuestión está en eso: encontrar lo que conviene a nuestra manera de ser y no copiar la dicha de nadie. Si nos propusiéramos los dos cambiar los papeles tú no querrías nunca representar el mío y yo aun me vería más apurado para interpretar el tuyo. Por más que digas, a ti te gustan las novelas, las complicaciones, las situaciones escabrosas; tienes exactamente la fuerza necesaria para rozar las dificultades sin averías y bastante debilidad para saborear delicadamente las angustias. Tú te procuras todas las emociones extremas, desde el miedo de ser un mal hombre hasta el placer orgulloso de reconocerte casi héroe. Tu existencia está trazada y yo la veo desde aquí: irás hasta el fin, llevarás tu aventura tan lejos como se pueda ir sin cometer una infamia, acariciarás siempre la deliciosa idea de verte a dos dedos de una falta y evitarla. ¿Quieres que te lo diga todo?... Magdalena un día caerá en tus brazos pidiéndote gracia, tú tendrás la alegría sin igual de ver a una santa criatura desvanecerse de languidez a tus pies; tú la evitarás—seguro estoy—y con la muerte en el alma te alejarás y llorarás su pérdida durante años enteros.