—Oliverio—le dije,—calla por respeto a Magdalena si no lo haces por piedad de mí.
—He concluido—replicó sin la más leve emoción;—lo que te digo no es un reproche, ni una amenaza, ni una profecía, porque de ti depende hacer que me equivoque. Quiero sólo mostrarte en qué diferimos y convencerte de que la razón no está de ningún lado. A mí me gusta ser muy claro en mi vida; he sabido siempre en casos semejantes lo que otros arriesgaban y lo que yo mismo ponía en riesgo. Por fortuna, ni de una ni de otra parte se exponía nada muy preciado. Me gustan las cosas que se deciden prontamente y en igual forma se desenlazan. La felicidad, la verdadera dicha, es en mí una leyenda. El paraíso de este mundo se cerró sobre los pasos de nuestros primeros padres; he ahí cuarenta y cinco mil años que viene el hombre conformándose con semiperfecciones, semifelicidades y semimedios. Conozco la verdad de los apetitos y de las alegrías de mis semejantes. Soy modesto, estoy profundamente humillado por no ser más que un hombre, pero me resigno. ¿Sabes cuál es mi gran preocupación? Matar el aburrimiento. Quien fuera capaz de hacerle ese servicio a la humanidad sería el verdadero destructor de monstruos. Lo vulgar y lo fastidioso, toda la mitología de los paganos groseros no ha imaginado nada más sutil ni más espantoso. Se asemejan mucho en que el uno y el otro son feos, chatos y pálidos aunque multiformes y que ellos dan de la vida ideas capaces de hacerla repugnante desde el primer día que en ella se pone el pie. Además, son inseparables y forman una pareja horrorosa que no todo el mundo ve. ¡Desgraciados aquellos que siendo aún jóvenes se dan cuenta de que existen!... Yo los he conocido siempre: estaban en el colegio; allí pudiste conocerlos también tú; no dejaron de habitarlo ni un sólo día durante los tres años de vulgaridad y de mezquindades que en él pasé. Perdona que te lo diga: a veces iban a casa de tu tía y a la de mis primas. Había olvidado casi que habitaban en París y continúo huyendo de ellos, lanzándome al bullicio en pos de lo imprevisto, del lujo con la idea de que esos dos pequeños espectros burgueses, parsimoniosos, tímidos, rutinarios, no me seguirán por ese camino. Ellos dos solos han hecho más víctimas que muchas pasiones calificadas de mortales: conozco sus costumbres homicidas y les tengo miedo...
Así continuó hablando en tono semiserio, exponiendo ideas que equivalían a la confesión de errores insanables y haciéndome temer vagamente desanimaciones cuya solidez ya conoce usted.
—¿Irás a saber noticias de Julia?—le pregunté.
—Sí, en la antesala.
—¿La volverás a ver?
—Lo menos posible.
—¿Has previsto lo que te espera?
—He previsto que se casará con otro o se quedará soltera.
—Adiós—le dije, aunque todavía no había salido de mi cuarto.