—Julia está enferma, bastante enferma para causar inquietudes. Magdalena misma no está buena. Me gustaría ir, pero la situación no sería sostenible. Mi tío me escribe cartas muy desoladas.
—¿Pero Magdalena...?—volví a preguntar temeroso de que aun sucediera otra desgracia que él me ocultaba.
—Te repito que Magdalena está en un muy triste estado de salud. No ha empeorado de algún tiempo a esta parte, pero continúa mal.
—Oliverio—exclamé,—vayas tú o no a Nièvres yo estaré allí mañana. Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me alejé de ella voluntariamente. Le había dicho a Magdalena que me escribiera el día que tuviera necesidad de mí; si ella tiene motivos para callar, yo los tengo para correr a su lado.
—Harás absolutamente lo que quieras. En semejante caso obraría como tú, dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio era peor que la enfermedad.
—Adiós.
—Adiós.
XVII
El día siguiente estaba yo en Nièvres. Llegué por la tarde un poco antes de cerrar la noche. Era el mes de noviembre. Me apeé a cierta distancia de la verja, en pleno bosque. Atravesé el patio de entrada sin ser notado. Al extremo de las habitaciones de servicio a la derecha brillaba luz en las cocinas. Dos ventanas se destacaban luminosas sobre la fachada del castillo. Me fui en derechura al vestíbulo cuya puerta estaba sólo entornada; alguien lo cruzaba cuando yo entré, estaba oscuro. «¿La señora De Nièvres?» dije creyendo que hablaba con alguna doncella de la servidumbre. La persona a quien me había dirigido se volvió bruscamente, vino hacia mí y lanzó un grito: era Magdalena.
Se quedó petrificada por la sorpresa y yo le tomé la mano sin hallar fuerzas para articular una sola palabra. La escasa, claridad que venía de fuera le prestaba la blancura de una estatua: sus dedos completamente inertes y helados se desprendían insensiblemente de mi mano como si fueran las de una muerta. La vi tambalearse, pero al movimiento que hice para sostenerla se desprendió por un impulso de inconcebible terror, abrió desmesuradamente los ojos extraviados y exclamó: «¡Domingo!...» como si despertara de un mal sueño que hubiese durado aquellos dos años; luego dio algunos pasos hacia la escalera arrastrándome en pos de ella sin conciencia de lo que hacía. Subimos juntos, el uno al lado del otro, siempre juntas nuestras manos. Al llegar a la antesala del primer piso tuvo como una llamarada de presencia de espíritu.