—Entre usted aquí—me dijo,—voy a avisar a mi padre.
La vi que llamaba a su padre y encaminarse al cuarto de Julia.
Las primeras palabras del señor D'Orsel fueron éstas:
—Mi querido hijo, tengo mucha pena.
Aquella frase decía más que todas las recriminaciones y me penetró en el corazón como una estocada.
—He sabido que Julia estaba enferma—le dije sin hacer ningún esfuerzo para disfrazar el temblor de mi voz que desfallecía.—Supe también que la señora De Nièvres estaba delicada y vine a verles a ustedes. Hace tanto tiempo...
—Es verdad—repuso el señor D'Orsel,—hace mucho tiempo. La vida se pasa: cada cual tiene sus deberes y sus preocupaciones...
Llamó, mandó encender las luces, me examinó rápidamente como si quisiera comprobar en mí un cambio análogo a las alteraciones que los dos años transcurridos habían producido en sus hijas.
—También usted ha envejecido—continuó con cierta especie de benevolencia y de interés muy afectuoso.—Ha trabajado usted mucho, tenemos la prueba...
Después me habló de Julia, de las vivas inquietudes que habían tenido, pero que, por fortuna, se habían disipado desde algunos días. Julia entraba en la convalecencia; ya todo era cuestión de cuidado, de atenciones y de algunos días de reposo. De nuevo pasó de un asunto a otro.