»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.

»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme, con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en la mano.

»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil viendo al Duque dirigirse hacia él.

—»¿Quién ha roto este jarrón?

»Carlos permaneció silencioso.

—»¿Quién ha roto este jarrón?—repitió el Duque con voz imperiosa, levantando el bastón.

—»¡He sido yo!—repuso tímidamente el generoso Carlos.

»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió a mi tío, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un niño, y sin razón, probablemente.

»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.

—»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora mismo?—gritó el Duque amenazando a Teobaldo.