—»Entonces sería usted doblemente injusto—replicó éste fríamente.
»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.
»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.
»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor, sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus labios.
—»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que, gracias al Cielo, ha pasado ya?—dijo Carlos, sonriendo con tristeza.
—» Carlos—le dije:—¿qué podré hacer para recompensarle el servicio que acaba de hacerme?
—»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...
»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes, para satisfacer mis caprichos.
»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes, preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que permaneciera con nosotros.
—»¡Ah!—le dije llorando;—¡ya no me queda ningún amigo!