»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.
»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me atreví a cumplir mi promesa.
»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:
—»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?
»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono resuelto:
—»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.
»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante enferma), recibió mi tío una carta del margrave de Anspach, carta confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.
—»Veamos lo que contiene—me dijo;—léemela.
»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.