—¡Oh! eso es lo primero.

—¿Lo crees así?

—Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos, casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y, respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.

—Mi tía dice que eso no es posible.

—¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!

—¿Pero estás loca?

—Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.

—¿Y si él deja de amarte?

—No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.

—¿Y si te engaña?