—¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.

—Hemos perdido tres bazas—gritó mi compañero.—Estoy fallo a copas; lo indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.

—¿Y qué importa?

—¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha inutilizado jugando otros mayores.

—No hemos perdido gran cosa.

—Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.

—Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.

Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su nombre, y no me atrevía a preguntarlo.

—Cecilia—dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas enjutas y angulosas;—Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.

—En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y voy antes a disculparme.