—De ninguna manera—exclamó la dueña de la casa.—La señora D'Ortlies nos concederá un cuarto de hora...

Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo estrechándome la mano:

—La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la presentase.

Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio. Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual, sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que el editor anunciaba que estaban en prensa.

El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha leído todavía.

Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.

Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:

—Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.—¿He escrito ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.

La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija. Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla general, los autores son los peores jueces de sus engendros.

Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había oído, exclamé, viéndola alejarse: