—¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella elija!...

Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia, pues no voy casi nunca a las reuniones.

Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué? Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia, con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los Pirineos.

Estos dos países son muy poco conocidos.

No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para poder decir a su mujer y a sus hijos:

—«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.

¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh, viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados; ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como Empédocles.

Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de Las mil y una noches... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si llegan a darle tres.

Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba con tono de mal humor:—No andes tan de prisa... no puedo seguirte.—Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser presentado a la señorita Cecilia.

—¡Señorita!...—repitió la Vizcondesa con asombro:—Cecilia está casada.