—¿Cómo así?—repuse.
Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no acompañase a su mujer.
—Mi yerno—dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.
Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades. Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.
¡Este era el marido de Cecilia!
Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos, éramos los mejores amigos del mundo.
Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan soñadora, tan candorosa y tan alegre?
¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que, para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy desgraciada.
Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente... imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa triste que hace llorar, y repuso:
—Sí; la calma en la superficie...