—Y tal vez en el fondo...—agregué, mostrándole el lago.

No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:

—No, señor, no: ¡jamás!...

Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para implorar su protección.

En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa. ¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!

—Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a los Pirineos—le dije.

—Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que son milagrosas para las heridas.

—Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.

—Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.

Me incliné respetuosamente.