—¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?

—En el hotel Chabaury, señora.

—Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que cenemos juntos?

Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y el amigo de la familia.

Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores respecto a la dicha futura de su hija.

—No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...

—Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su corazón llega a despertarse...

—No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.

—No lo dudo—dije mirándola,—en cuanto al pasado; pero en el futuro...

—¡Caballero!...—repuso, examinándome de pies a cabeza:—no hay circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted seguro de ello.