—Opino como usted, señora.

Llegamos al hotel.

El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar: también había que expedir algunas órdenes.

—Si estuviera aquí Enrique—dijo a su esposa,—me ayudaría y se encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.

—Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi doncella.

—Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es mis pies y mis manos!

—Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que, además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo exigen tus intereses.

—Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique... a quien no puedes tragar.

—¡Yo!

—¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento que le haces cuando entra en ella.