—Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a mis deferencias.

—¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él, que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la fortuna que le correspondía.

—Confío en que no sucederá lo que dices—se apresuró a decir Cecilia.

—Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio? Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un billete de baile o un palco en la Opera.

—Verdad—dijo la Vizcondesa;—y aunque sólo fuera por complacer a tu esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.

—Cumplo mi deber, mamá—respondió Cecilia en tono frío y resuelto.

—¡Por vida de!...—gritó colérico el general.—¿Habrá cabeza más dura? Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito. ¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa, cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido común.

—¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.

—Eso quería yo decir.

—¡General!... Olvida usted...