—Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted, caballero—dijo dirigiéndose a mí,—que le hagamos testigo de estas pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a relucir en alguna comedia.

Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su suegra.

A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:

—¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.

Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.

—Sí, herido; le han dado una estocada...—prosiguió el general.—¡Torpe! Tranquilícese usted—dijo a su suegra, que saboreaba impasible una taza de café.—No corre peligro; han transcurrido ocho días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de Barèges, y llegará aquí mañana.

—¡Mañana!—dijo la Vizcondesa alegremente.

—¡Mañana!—dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a recobrar su acostumbrada calma.

En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.

La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré, donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje, todo el mundo se asomó a las ventanas.