Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.
Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más, parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían empeorado su herida.
Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo esperaba.
Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo, que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que los extraños y los importunos no son del todo inútiles.
Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.
Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo, hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él más caso que de los demás concurrentes.
Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas. El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.
La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas dudas.
—No es posible—pensaba yo entretanto,—estar bajo el peso de una pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando se ejecutan con tanta perfección.
En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención, porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.