Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que, obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle que la estocada se la había dado él mismo.
—¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?—continuó diciendo.—Nunca adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta... recomendándome su secreto.
—Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la letra—exclamé sonriendo.
—Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.
En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió hacia él y tendiéndole la mano, dijo:
—Doctor, ¿usted por aquí?...
En seguida, agregó, presentándonosle:
—Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida, el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?
El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón; Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.
El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de interpretarla.