—Y digan ustedes, señoras—exclamó después de esta especie de ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un mes en Barèges?

Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique brilló un relámpago de alegría.

—¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la marcha?

—Para la tuya, sí—dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor que no sentía.

—¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?

—No.

—¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?

—Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos proyectado permanecer en él hasta tu regreso.

—¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.

—No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.