—Va recobrando el conocimiento—respondió Cecilia, que, habiéndose lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba los más tiernos cuidados.
—¡Ah!—exclamó el general;—ya abre los ojos.
Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche nos dijo:
—Ese angelito tiene muy dura la cabeza.
—¿Se niega a ir a Barèges?—preguntó Enrique.
—Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar, en los alrededores de Pau.
—¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?—exclamó Enrique en tono de reproche.
—¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio: así se lo he dicho ¡voto a!...
—¿Y qué ha respondido?
—Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro. Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las mujeres.