En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la marcha.

—Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita—díjome su doncella.—No se ha acostado en toda la noche.

Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa para ayudarla a subir, me dijo ésta:

—¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?

—Por lo menos, hay luchas y amarguras—me dije a mí mismo, al ver el pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó repentinamente:

—Cochero, a escape, a escape.

Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:

—¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos. A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una comedia.

—¿No será drama?—murmuré entre dientes, contemplando la cara de Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por mí en el otro coche al lado de su tío.—No pensó siquiera en darme las gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará—dije para mí.

Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector, pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a escape el Chaos, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet, bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te entregues al descanso.