Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba ocasión para acercarse.
Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que ahora brillaban en todo su esplendor.
La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un suicidio.
—¡Desventurado!...—exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una aprobación.
—¡Insensato!—dijo Enrique, casi despreciativamente.
—¿No se explica usted el suicidio?—le pregunté con viveza.
—¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.
—¿Cuál?
—La de morir por los que se ama.
—¡Vaya!—pensé,—la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.