La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a Enrique algunos momentos de libertad.
Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga. Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón, continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo. Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la chimenea:
—Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.
Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta prueba para convencerme de que me engañaba.
Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que arreglara las mesas de juego.
Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia, agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.
Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.
Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza, no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia, y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas mejillas.
El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció, no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno. Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin esperanza.
Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia. Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento se desprendía otra vez.