Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:
—Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?
—Calle usted—replicó,—que se acerca el general.
Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:
—¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?
—Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una guindilla.
—¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?—me preguntó.
—No, general: para una novela—repuse.
EL PRECIO DE LA VIDA