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Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.
Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.
—Todavía tienes tiempo para arrepentirte—dijéronme,—renuncia a tu viaje... quédate con nosotras.
—Madre mía—repuse,—soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.
—Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?
—Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.
—¿Y si mueres en alguna batalla?
—No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un brillante empleo en Versalles.
—¿Y qué tendremos con eso?