—Que seré aquí respetado y considerado.
—¿Nada más?
—Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por mi lado.
—¿Y luego?
—Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices en mis tierras de Bretaña.
—¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte, quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el sol de Bretaña es muy hermoso.
Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.
En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:
—No se marche usted, señorito; no nos abandone.
Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.