Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a mí con el libro en la mano.
—Lee, hermano mío, lee—me dijo, con lágrimas en los ojos.
Era la fábula de Las dos palomas.
Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:
—Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores. Déjenme, pues, que parta.
Y acto seguido me lancé al patio.
Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la escalera una joven.
Era Enriqueta.
No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa, y apenas podía sostenerse.
Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de despedida, y cayó sin conocimiento.