Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.
Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para marcharme.
Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.
En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.
Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi vista las torres de la Roche-Bernard.
Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente de mi cerebro.
¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los almohadones de mi carruaje!
Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía, elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.
Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.
La voz de un criado, que me llamó sencillamente caballero, me obligó a salir de mi éxtasis y volver a la realidad.