Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma embriaguez.
Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles, con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo que venía desempeñando sus honrosas funciones.
Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y busqué hospedaje en el hotel de Las armas de Francia, el mejor de la ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran Turena».
Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C..., que distaba tres leguas de la población.
—Cualquiera se lo podrá indicar—me contestaron.—Es muy conocido en el país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre, el mariscal Fabert.
Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era natural entre oficiales jóvenes.
Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada categoría de mariscal.
Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas sobrenaturales.
Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho un pacto con el diablo.
El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones, nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert, habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la mano.