Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert, pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.
Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía impresionado por la narración de la víspera.
Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta emoción.
El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba visible, y sobre todo si me recibiría.
Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos de caza y retratos de familia.
Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.
¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por hacer antesala!
Devorábame la impaciencia.
Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero ruido.
Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.