Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín espléndido.
Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.
Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un hombre recostado en un canapé.
Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a una de las ventanas.
Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una profunda desesperación.
Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta entre las manos.
Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.
En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo, estremeciéndose.
Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme, balbuceando algunas frases de disculpa.
Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta: