Entonces, todo se aclaró para mí.

—Pero hablemos de usted—continuó el Duque.—Veamos qué puedo hacer en su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en la corte, y...

—Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo, señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.

—Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la corte?

—Sí, señor.

—Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y podrá llegar en menos de diez años...

—¡Diez años!—exclamé con una especie de terror.

—¡Cómo!—repuso el Duque asombrado.—¿Considera usted que es pagar demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto iremos a Versalles.

—No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi familia.

—¡Eso es una locura!—murmuró el Duque.