En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y descompuestas facciones.
—Vea usted—exclamó asiéndome de un brazo con una especie de delirio,—¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah! deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y sereno día que para mí no ha de tener un mañana.
Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y desapareció por una de las alamedas.
Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.
Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al entrar, diciendo:
—El señor duque de C...
Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar tanto.
—Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo—me dijo.—Vengo ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.
—¿Está en peligro su vida?—exclamé algo confuso.
—No, por fortuna—replicó el Duque;—pero en su juventud, ciertas ideas de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su locura.